sábado, 5 de diciembre de 2015

El clima de aula: del polo norte al trópico

En el polo norte hace un frío que te pelas, claro. Temperaturas bajo cero durante prácticamente todo el año. Las precipitaciones son escasas, eso sí, y la gran mayoría de veces en forma de nieve. Todo ello origina una desierto de hielo donde apenas se encuentra un atisbo de vida (absténganse de puntualizaciones los biólogos, por favor). Un sitio curioso de ver, sin duda, pero, seamos realistas, un clima que resulta un infierno para la vida humana. 

El trópico es otra cosa, por supuesto. Las temperaturas cálidas y, sobre todo, las precipitaciones abundantes dan lugar a una flora y una fauna exhuberantes. Puede hacer mucho calor, cierto. Las precipitaciones pueden ser torrenciales, cierto también. Las tormentas tropicales la pueden liar parda a menudo, también es verdad. Pero, convendréis conmigo que se trata, sin duda, de un lugar mucho más apacible y agradable para la vida.

Y es que en cuestiones climatológicas estamos vendidos, eso es así. Y que conste que yo no me quejo, que en mi zona no estamos nada mal, la verdad. No obstante, si en relación al clima poco o nada podemos hacer (más que agenciarnos un buen aparato de aire acondicionado o una buena calefacción y rezar para que el recibo de la luz no nos trastoque demasiado el mes), en lo que se refiere al clima de aula creo que sí que podemos tener alguna incidencia.

Porque todos hemos tenido aulas que han sido una especie de polo norte, ¿no? Clases donde el ambiente de trabajo era, por decirlo de alguna manera, gélido. Aulas donde, por una cosa o por otra, no pasaba nada o, al contrario, donde pasaban demasiadas cosas. Clases donde, en definitiva, hacía mucho frío (del metafórico, que es el peor). Por otro lado, seguro que también hemos trabajado en el trópico: con calorcito, con riqueza y variedad, con alguna que otra tormenta tropical, cierto, pero en general con unas condiciones más que aceptables para el desarrollo de nuestro trabajo.

¿Cómo incidir en el clima de nuestra aula? Se dice pronto, claro. Leo en Cómo dar clase a los que no quieren, de Joan Vaello Orts, que el clima del aula viene determinado por tres grandes variables: el control del aula, las relaciones personales que en ella se dan y el rendimiento del alumnado. Se trata, pues, de favorecer la generación de un contexto donde las relaciones entre los miembros del aula sean de respeto y comprensión, donde cada alumno puede rendir de manera acorde a sus posibilidades y donde existan unas normas de convivencia reconocidas y aceptadas por todos. 

Porque sí que podemos esforzarnos por acercarnos a nuestros estudiantes e intentar ponernos en su lugar para comprender algunos de sus comportamientos que, a priori, nos puedan parecer extravagantes. Porque sí que podemos tratar de acordar (y no imponer) maneras de hacer y normas de actuar en el aula. Porque también podemos, y debemos, favorecer que cada estudiante avance y progrese a su ritmo teniendo en cuenta sus capacidades y habilidades. 

No es fácil, por supuesto, pero una parte importante del clima que tengamos en el aula recae bajo nuestra responsabilidad y, dificultades y trabas al margen, creo que debemos esforzarnos en fundir los polos que tengamos en nuestras aulas y tratar de acercarnos al trópico. Porque el calorcito, y más en estas fechas, se agradece un montón.


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