martes, 14 de febrero de 2017

Los otros: oportunidades de éxito (para todos)

Todos queremos hacer bien nuestro trabajo. Y cuando esto ocurre, nos gusta también que se nos reconozca. Todos nos sentimos agradecidos y reforzados cuando alguien valora positivamente nuestro esfuerzo. Esto no significa que necesitemos siempre la aprobación externa, ni mucho menos. Vivir instalados en la necesidad de alabanza y ensalzamiento constante sería de lo más peligroso. Simplemente se trata de tener nuestro momento de reconocimiento hacia el esfuerzo realizado, ni más ni menos. Así pues, como docentes, queremos que alumnado, familias, compañeros y equipo directivo agradezcan y reconozcan nuestro trabajo y empeño profesional. No se trata, como digo, de trabajar pensando en el reconocimiento del otro, pero trabajamos con gente y, por supuesto, nos gusta que se reconozca nuestra labor diaria.

Pues esto que nos pasa a nosotros, le pasa también a nuestro alumnado, claro. Hay alumnos que lo tienen fácil. Puede que sean buenos (o muy buenos) en tal o cual asignatura, o que sean tranquilos, callados y siempre respetuosos. Puede que tengan habilidades especiales para tal o cual deporte o que sean participativos y siempre estén dispuestos a echar un cable en lo que se les necesite. En cualquiera de estos casos, no va a ser difícil que el profesorado, en su conjunto, reconozca públicamente cualquiera de estos aspectos. No se trata de quitarles mérito, ni mucho menos, pero sí de echar un vistazo y de tener presentes también a "los otros".

Porque hay otro alumnado que lo tiene crudo para acercarse al éxito. Hace tiempo nos referimos por aquí a ellos como los ovejas negras. Por ser tímidos y callados o, al revés, movidos y excesivamente nerviosos; por tener dificultades con las mates o con la historia; por no ser puntuales y estar, además, dormidos en clase hasta mediodía; por ser respondones y estar siempre en todos los fregados; por ser torpes con la pelota en los pies o excesivamente lentos en la carrera. En definitiva, que hay un montón de chicos y chicas que lo tienen verdaderamente difícil para vivir su momento de gloria, su espacio de reconocimiento por nuestra parte o, incluso, por parte de sus compañeros.

No pasa siempre, claro, pero en muchas ocasiones, especialmente en los cursos de graduado en educación secundaria y en los cursos de preparación para las pruebas de acceso, sobre todo a grado medio, el perfil general del alumnado de los centros de adultos coincide con el descrito en el párrafo anterior. Se trata de jóvenes (cada vez más) que por una cosa o por otra no tuvieron un paso por el sistema educativo demasiado productivo, por decirlo de algún modo. Se trata de chicos y chicas que, bien quedaban al margen de cualquier dinámica colectiva, bien vivían instalados en la disrupción perpetua. Podríamos decir, pues, que al menos académicamente (en muchos casos también a nivel personal), hablamos de un alumnado que no ha experimentado en demasiadas ocasiones el reconocimiento y apoyo público por parte de la comunidad educativa.

Se trata, pues, de romper con esta dinámica y de tratar de ofrecer oportunidades de éxito para todos, también para aquellos con mayores dificultades. En nuestras programaciones y proyectos de aula, pero también en el día a día y en los espacios más sociales de nuestros centros. Un refuerzo positivo sincero y constante puede acabar con dinámicas de autoexclusión e inseguridades plenamente consolidadas. Y es que en esto, modestia a parte, en los centros de educación de personas adultas tenemos alguna que otra experiencia.


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