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viernes, 7 de octubre de 2016

¿Cuántos libros de texto comprarías con 100.000 euros?

Pongamos el caso que a un Ayuntamiento de un municipio cualquiera le tocan 100.000 euros y decide invertirlos en proyectos de diversa índole para su comunidad educativa. Para decidir el objeto de la inversión se realiza una consulta popular donde intervienen desde los niños y niñas de los distintos centros educativos hasta sus padres y madres, pasando por AMPAS, profesores, directores, bedeles y demás personal de administración y servicios. ¿Cuál sería el resultado de este particular referéndum?

Desde hace 4 años, además de mi labor como profesor de ciencias sociales y director del centro donde trabajo, desempeño las funciones de técnico de educación en el ámbito municipal. Desventajas de ser trabajador municipal en un ayuntamiento en crisis. Digo desventajas no porque no me interese el trabajo. Al contrario, es  muy enriquecedor ya que me permite salir del aislamiento de nuestro día a día y conocer la realidad educativa del municipio. Pero claro, los días tienen 24 horas y siempre está bien pasar, como mucho, ocho en el trabajo...  Pero bueno, no estoy aquí para llorar mis penas.

Desde hace cuatro años, digo, una (gran) compañera y yo gestionamos desde nuestro centro (o lo intentamos, lo prometo) el departamento de educación municipal. Son mucho los programas que llevamos entre manos pero hay uno que por diversos motivos me tiene auténticamente obsesionado. Sí, te lo estás imaginando, se trata de la subvención de los libros de texto. En los últimos cuatro años, nuestro consistorio ha invertido más de 100.000 euros en subvencionar los libros de texto de familias en situación económica desfavorecida. Este es el importe neto de subvención, el que se va directamente a las editoriales. Se incrementaría en mucho si tuviéramos en cuenta las horas que invertimos todos los trabajadores implicados en el proyecto. Un proyecto, por otra parte, muy difícil de gestionar por su complejidad y tamaño.

No cabe duda de que el ayuntamiento lo hace con toda la buena intención, claro. No hay ironía alguna aquí. El objetivo es que todo el alumnado pueda tener los materiales necesarios para trabajar en el aula y, mejor o peor, se organizan los recursos a tal efecto. Las AMPAS, por su parte, se implican también gestionando los pedidos de las familias subvencionadas. Y los trabajadores de la casa pues sacamos tiempo de donde podemos para intentar llegar a todo, aunque muchas veces sea tarde y mal. 

No obstante, después de cuatro años y más de 100.000 euros invertidos, me vienen a la mente algunas reflexiones que quizá deberíamos hacernos como comunidad educativa local, aunque me temo que podría ser extensible al resto del país. Perdóneseme la posible demagogia y/o simplismo, pero así es como lo veo.
  • Me da la sensación de que en muchas ocasiones no existe una verdadera reflexión didáctica y metodológica sobre los materiales con los que se trabaja. Claro, esto dependerá del centro y del profesorado en cuestión. No obstante, este hecho me parece innegable cuando los lotes son elaborados por profesores que no van a ejercer con el grupo el año siguiente. Se me objetará que la selección la realizan los departamentos o que si no sería imposible planificarse, pero no me vale la respuesta. No iba a cambiar mi enfoque pedagógico por llegar a un centro con un determinado libro. Y la familia ya habría hecho el gasto. Además, no han sido pocas las ocasiones en las cuales hemos recibido con sorpresa el retorno de libros (requisito para participar en la subvención) que habían sido comprados pero no utilizados.
  • Hablando de dinero, diré una tontada: hay lotes carísimos. Más de 250 euros puede ser una barrera insalvable para familias con hasta tres y cuatro críos en edad escolar. Hay familias a las que una factura de estas características les revienta el presupuesto anual. Me parece que la cuestión económica debería ser un factor a tener en cuenta en la creación de los lotes.
  • No sé hasta qué punto los centros analizan el impacto de los materiales utilizados. Y no me refiero a una reunión en el tercer trimestre para verse con la editorial de turno. Hablo de trabajo de análisis de contenidos, comparativas entre propuestas, revisión de resultados, etc. Tengo la sensación que este es un aspecto sobre el que los centros no reflexionan demasiado. Pero seguro que me equivoco.
  • Me parecería lógico tener un repositorio de libros por aula como material de consulta, por supuesto. Tendría todo el sentido del mundo desde un punto de vista metodológico pero, sobre todo, desde un punto de vista de sostenibilidad, económica de las familias y de todo tipo. 
  • Creo que las familias reflexionan poco también sobre el uso de los libros de texto. Aunque quizá cada vez más, cierto. Me parece que pueden ser una voz muy fuerte que podría condicionar según qué decisiones al respecto de los materiales con los cuales trabajan sus niños y niñas. 
  • Y el papel de la administración también me resulta cuestionable. Las buenas intenciones no pueden ocultar los errores implícitos de tal o cual decisión. ¿Cuántos millones (¡!) de euros destinamos a la compra de materiales escolares? Seguro que por la red corre el dato.
En fin, unas reflexiones tontas sobre el asunto. Creo que si le preguntaramos a la comunidad educativa de cualquier municipio en qué querrían gastarse 100.000 euros los próximos 4 años una de las últimas respuestas sería en libros de texto. Aunque, ahora que lo pienso, seguro que habría alguien que acabaría realizando la propuesta. Y eso, quizá, sea lo más preocupante del asunto.

¿En serio no tenemos nada mejor en que gastarnos 100.000 euros que en los malditos libros de texto?

lunes, 5 de septiembre de 2016

El shock educativo

Leo "La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre" de Naomi Klein y alucino. Y no porque lo explicado allí le pille a uno de nuevo. Quien más quien menos conoce los excesos del sistema, especialmente en las últimas décadas. No se trata de caernos del guindo y descubrir a estas alturas el empleo sistemático de la violencia económica, política y militar por parte de un capitalismo (cada vez más) salvaje a lo largo y ancho del planeta. No, no es eso lo que llama mi atención. Sí, en cambio, las enormes tragaderas que continuamos teniendo, especialmente las sociedades occidentales, para someternos a la voluntad del sistema (léase los mercados) y dejar en sus manos la toma de decisiones de auténtica importancia. Y esto también en lo educativo. Me explico.

La tesis de Klein es sencilla: la historia reciente está plagada de ejemplos que demuestran que el capitalismo ha aprovechado -y aprovecha- cualquier crisis para introducir impopulares medidas de choque económico, político y militar. Desde las dictaduras del cono sur en los setenta hasta el actual Irak, pasando por Rusia, Europa del Este o el sudeste asiático, contextos de crisis diversos han sido aprovechados por el neoliberalismo para imponer una visión única del modelo económico. Visión, por otra parte, sencilla de resumir: reducción a la mínima expresión del gasto social y libertad absoluta para los mercados. A río revuelto, ganancia de pescadores, vamos.

Creo que esta historia nos suena. Llevamos dos legislaturas con la misma cantinela. Gobiernos de uno y otro signo, socialistas y populares -pero también nacionalistas, aquí no se salva nadie-, han usado el comodín de la crisis para justificar recortes injustificables en todos los ámbitos, especialmente en educación. Reflexionaba Vicenç Navarro el otro día en "El ataque a la educación pública española", artículo publicado en Nueva Tribuna, sobre los recortes en la educación pública aplicados en los últimos años. Planteaba (y comparto su opinión) que si estos recortes los hubiera impuesto un ejército invasor quizá hubieran topado con mayor resistencia que la que se han encontrado unos gobernantes los cuales los han aplicado como "la única alternativa posible". Y es que nos hemos cansado de oir el maldito latiguillo en los últimos años.

Se pregunta Navarro cómo es posible que a pesar de la intensidad de los recortes y de su carácter impositivo (en ningún caso venían recogidos en los respectivos programas electorales) la resistencia social no haya tenido la fuerza suficiente para frenarlos. Y quizá la respuesta se encuentre en la polarización existente en nuestro sistema educativo, un sistema que no destaca precisamente por ser un modelo ejemplar de cohesión social. Entiendo que esta última afirmación da para plantear un debate en profundidad, cierto. No obstante, si os parece fuerte podemos rebajarla diciendo que, como mínimo, existe una clara diferenciación entre las escuelas de "élite" donde ahora mismo están formándose los futuros dirigentes de este país -sean del territorio y del signo político que sean- y el resto de los mortales. Y es que parece evidente que estos recortes no han afectado en la misma medida al sector público -ya mermado por tasas de inversión muy por debajo de la media europea- que a un sector privado que continúa beneficiado por subsidios públicos.

En definitiva, llegó la crisis a nuestro país y con ella la toma de decisiones "ineludibles", entre ellas la de reducir el gasto educativo. No sé qué pensaría Naomi Klein al respecto, pero a mí me parece que vivimos un shock educativo en toda regla. Quizá (parte de) nuestro trabajo sea proponer alternativas a todos esos oscuros portavoces del mercado y luchar y resistir con la tribu para fortalecer lo público. Uno tiene la sensación de que nos va mucho en juego.



jueves, 18 de septiembre de 2014

A vueltas con los sueldos en educación...

Es recurrente. Se trata de una noticia que cada ciertos meses suele aparecer en un medio o en otro y que, dependiendo del momento, levanta más o menos polvareda. Hace meses fue la propia secretaria de Estado de Educación, Montserrat Gomendio, la que atizaba al profesorado por llevarse gran parte del presupuesto del ministerio en concepto de sueldos. Ahora es Dirk Van Damme, responsable del informe Panorama de la Educación elaborado por la OCDE, quien señala que los altos salarios de los profesores dejan poco margen para "otras iniciativas" e infraestructuras. El gasto del coste del profesorado se calcula teniendo en cuenta el sueldo docente, el número de años de escolarización y la ratio de alumnos por aula y parece que, en todos esos aspectos, España mejora las medias de los países de la OCDE.

Así pues, la conclusión es sencilla: los elevados sueldos del profesorado son un obstáculo para la mejora del sistema. Claro, hay demasiados profesores con sueldos muy elevados, lo cual elimina recursos para toda una serie de innovadoras iniciativas y propuestas  que no pueden implementarse a causa de los altos salarios de los profesionales docentes. No se trata de ponerse en plan demagogo. Es obvio e innegable que una gran parte del presupuesto del ministerio de educación se va en pagar los sueldos de las personas que desarrollan su actividad en el ámbito educativo. Y resulta que la mayoría son profesores. Supongo que será igual si hablamos de seguridad, de becas deportivas o de cualquier otra actividad: el gasto en personal siempre suele ser el más elevado de los contemplados por el presupuesto de turno.

El debate de los sueldos del profesorado debe afrontarse, es cierto. Pero vincular la mejora de resultados de nuestro sistema educativo a una reducción de los salarios docentes suena reduccionista e interesado. Por contra, sí parece necesario analizar la posibilidad de establecer una escala salarial que acabe con los sueldos planos durante toda la carrera profesional y que genere incentivos al profesorado para la mejora constante. Este es un debate por abrir, mientras que afirmar que los salarios del profesorado no dejan margen a la mejora es, siendo benévolos, una simplicidad interesada. 

Pero hay más debates y vías de actuación posibles para la mejora de resultados: leyes educativas frágiles y cambiantes, planes de formación y capacitación docente insuficientes, currículums académicos alejados de la realidad, estructuras organizativas y administrativas carentes de sentido... Afrontar estas líneas de trabajo con la voluntad de reorganizar nuestro sistema educativo puede ser de gran interés en la mejora de resultados. Por contra, focalizar la problemática educativa en los sueldos del profesorado sólo puede contribuir a generar crispación y a deteriorar, más si cabe, la figura del profesorado. Y, aunque desde determinadas esferas no se lo crean, este es un hecho que ni nuestra sociedad ni nuestro sistema educativo se pueden permitir.