sábado, 6 de septiembre de 2014

Educación y economía: de Adam Smith a Wert

Mucho se ha escrito sobre los orígenes de nuestro sistema educativo. La eclosión de la revolución industrial y la necesidad de un creciente volumen de mano de obra debidamente preparada y formada propició el nacimiento y la consolidación de los centros educativos tal y como los entendemos en la actualidad. No resulta extraño, pues, que algunos clásicos del capitalismo, entre ellos Adam Smith, relacionaran estrechamente la educación con el incremento de la productividad. Se establecía, pues, una vinculación directa entre dos ámbitos antaño diferenciados; vinculación que, en adelante, será una constante de nuestros sistemas educativos hasta filtrarse de manera estructural en su ADN.

Los nuevos cambios socioeconómicos y culturales vividos en el mundo occidental a lo largo de las últimas décadas han provocado alteraciones importantes del mundo educativo aunque, eso sí, sin ser capaces de modificar o alterar esta  estrecha relación entre economía y educación. La especialización laboral y las nuevas necesidades del mercado han propiciado una profunda reflexión sobre cómo enfocar la educación, aunque mucho me temo que no desde un punto de vista crítico para con las condiciones que el propio mercado impone.

En este contexto la Unión Europea inicia una serie de reformas, cada país con su ritmo y especificidad propia, para convertir y consolidar a la vieja Europa en una de las sociedades más competitivas del mundo. Así pues, tal y como señala Ángel Santamaría "las reformas llevadas a cabo tienen como objetivos la calidad, la eficacia, la empleabilidad y la puesta en valor de la relación entre la educación y el desarrollo económico y la competitividad"(1). Es decir, reformas con una clara y evidente orientación economicista.

Y es en éstas donde se impone la LOMCE del ministro Wert. La nueva ley aclara en su preámbulo, en la línea de lo comentado anteriormente, cuáles van a ser sus grandes objetivos: "Los principales objetivos que persigue la reforma son reducir la tasa de abandono temprano de la educación, mejorar los resultados educativos de acuerdo con criterios internacionales, tanto en la tasa comparativa de alumnos y alumnas excelentes, como en la de titulados en Educación Secundaria Obligatoria, mejorar la empleabilidad, y estimular el espíritu emprendedor de los estudiantes".

No se trata de negar la importancia estratégica y económica del sector de la educación. Hacerlo sería de ilusos. Prácticamente todos los países del mundo gastan un dineral en educación y, además, el sector es uno de los grandes empleadores de mano de obra. No obstante, es precisamente esa estrecha relación comentada anteriormente entre economía y educación la que está poniendo en jaque a una concepción educativa más humanística, ética e integradora. 

Así pues, la situación de crisis actual proporciona una doble coartada a los gobiernos de turno. Por un lado, les permite justificar recortes, reducción de servicios sociales y contención del gasto, en general. Por el otro, se crea un contexto propicio para focalizar el debate educativo en términos puramente economicistas, obviando toda una serie de elementos fundamentales en la formación de las personas como ciudadanos críticos y autónomos. 

Trabajo tenemos para dotar de contenido social y crítico a esos nuevos conceptos económicos que proliferan en la nueva jerga educativa y que, mal usados, pueden llevarnos a hacernos olvidar de quien es la principal responsabilidad de la situación actual. Así que al tanto con las competencias financieras, la ocupabilidad, la emprendeduría y demás palabros economicistas. Démosles un sentido social o atengámosnos a las consecuencias...

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(1) Santamaría, A. (2013) Heducación se escribe sin h, Ed. Debate.




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