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lunes, 5 de septiembre de 2016

El shock educativo

Leo "La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre" de Naomi Klein y alucino. Y no porque lo explicado allí le pille a uno de nuevo. Quien más quien menos conoce los excesos del sistema, especialmente en las últimas décadas. No se trata de caernos del guindo y descubrir a estas alturas el empleo sistemático de la violencia económica, política y militar por parte de un capitalismo (cada vez más) salvaje a lo largo y ancho del planeta. No, no es eso lo que llama mi atención. Sí, en cambio, las enormes tragaderas que continuamos teniendo, especialmente las sociedades occidentales, para someternos a la voluntad del sistema (léase los mercados) y dejar en sus manos la toma de decisiones de auténtica importancia. Y esto también en lo educativo. Me explico.

La tesis de Klein es sencilla: la historia reciente está plagada de ejemplos que demuestran que el capitalismo ha aprovechado -y aprovecha- cualquier crisis para introducir impopulares medidas de choque económico, político y militar. Desde las dictaduras del cono sur en los setenta hasta el actual Irak, pasando por Rusia, Europa del Este o el sudeste asiático, contextos de crisis diversos han sido aprovechados por el neoliberalismo para imponer una visión única del modelo económico. Visión, por otra parte, sencilla de resumir: reducción a la mínima expresión del gasto social y libertad absoluta para los mercados. A río revuelto, ganancia de pescadores, vamos.

Creo que esta historia nos suena. Llevamos dos legislaturas con la misma cantinela. Gobiernos de uno y otro signo, socialistas y populares -pero también nacionalistas, aquí no se salva nadie-, han usado el comodín de la crisis para justificar recortes injustificables en todos los ámbitos, especialmente en educación. Reflexionaba Vicenç Navarro el otro día en "El ataque a la educación pública española", artículo publicado en Nueva Tribuna, sobre los recortes en la educación pública aplicados en los últimos años. Planteaba (y comparto su opinión) que si estos recortes los hubiera impuesto un ejército invasor quizá hubieran topado con mayor resistencia que la que se han encontrado unos gobernantes los cuales los han aplicado como "la única alternativa posible". Y es que nos hemos cansado de oir el maldito latiguillo en los últimos años.

Se pregunta Navarro cómo es posible que a pesar de la intensidad de los recortes y de su carácter impositivo (en ningún caso venían recogidos en los respectivos programas electorales) la resistencia social no haya tenido la fuerza suficiente para frenarlos. Y quizá la respuesta se encuentre en la polarización existente en nuestro sistema educativo, un sistema que no destaca precisamente por ser un modelo ejemplar de cohesión social. Entiendo que esta última afirmación da para plantear un debate en profundidad, cierto. No obstante, si os parece fuerte podemos rebajarla diciendo que, como mínimo, existe una clara diferenciación entre las escuelas de "élite" donde ahora mismo están formándose los futuros dirigentes de este país -sean del territorio y del signo político que sean- y el resto de los mortales. Y es que parece evidente que estos recortes no han afectado en la misma medida al sector público -ya mermado por tasas de inversión muy por debajo de la media europea- que a un sector privado que continúa beneficiado por subsidios públicos.

En definitiva, llegó la crisis a nuestro país y con ella la toma de decisiones "ineludibles", entre ellas la de reducir el gasto educativo. No sé qué pensaría Naomi Klein al respecto, pero a mí me parece que vivimos un shock educativo en toda regla. Quizá (parte de) nuestro trabajo sea proponer alternativas a todos esos oscuros portavoces del mercado y luchar y resistir con la tribu para fortalecer lo público. Uno tiene la sensación de que nos va mucho en juego.



domingo, 17 de mayo de 2015

El preparador

Estas semanas nuestro alumnado ha sufrido las pruebas de acceso a ciclos formativos de grado medio y de grado superior. Digo sufrir porque es un verbo que describe con bastante exactitud la sensación que se desprende de su comportamiento las semanas previas a la prueba. Y es que, después de siete meses de trabajo, se la juegan con un examen que supuestamente va a acreditar su capacidad para cursar en los próximos años distintas modalidades de formación profesional. No se trata de hacer un drama del asunto, claro. Todos hemos pasado alguna que otra reválida y aquí seguimos, vivitos y coleando. No obstante, no estoy seguro de que se trate del mejor sistema para generar aprendizaje.

Y lo peor es que la tendencia general va hacia ahí. Pruebas diagnósticas, reválidas, selectividades, pruebas de acceso... El itinerario educativo de un alumno cualquiera se llena de pruebas y más pruebas que condicionan enormemente los planteamientos metodológicos y el trabajo desarrollado en el aula. Leía el otro día un acertado tweet de Victor Cuevas donde señalaba que la existencia de estas pruebas reducía el trabajo del profesor al de mero preparador de la reválida de turno. No me parece una exageración.

Como decía más arriba, durante siete meses dedicamos nuestro esfuerzo a preparar de la mejor manera posible a nuestros alumnos para las pruebas de acceso a ciclos. Siete meses con el examen final en la cabeza. Claro que existen otras maneras de afrontar la preparación de la prueba, pero el margen de actuación es escaso cuando tienes temarios tan amplios, horarios tan ajustados y grupos tan heterogéneos como los que acostumbran a formarse en estos cursos. Además, la demanda del alumnado es clarísima. Y legítima, por supuesto: estar familiarizado con el modelo de examen y bien preparado para el día D. Así que nada de florituras y los experimentos, como se suele decir, con gaseosa.

Pero es que me temo que pasa lo mismo en todas las etapas educativas. Los profesionales de primaria (atención, ¡primaria!), secundaria y bachillerato no van a poder evitar mirar de reojo, cuando menos, las reválidas que plantea la LOMCE. Y tampoco me vale el argumento de que la nueva ley va a durar dos telediarios porque, primero, de momento es lo que hay y, segundo, porque no se atisban demasiadas propuestas alternativas en el horizonte electoral. Así que, dure lo que dure, habrá que trabajar en estas condiciones aunque, en mi opinión, se trata de un modelo que hipoteca la innovación, la implantación de nuevas metodologías y, sobre todo, la generación de aprendizaje real. Siempre hay márgenes para cambiar cosas, por supuesto, pero ¡qué difícil nos lo ponen!

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