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miércoles, 13 de junio de 2018

Selectividad, mujeres, currículum y el 8M

Me pasa esta tarde un amigo el artículo del diari Ara Filosofia, història de l'art o cultura audiovisual: quan la presència d'autores a la selectivitat és nul·la. Y, claro, el título no lleva a engaño. La presencia de mujeres en los contenidos de las asignaturas, tanto obligatorias como opcionales, de las pruebas de selectividad 2018 es ridícula. El artículo adjunta un hilo de la Unidad por la Igualdad de la Universidad Pompeu Fabra bastante clarificador al respecto.


Y es que después de un 8M demoledor como el de hace unos meses y con la efervescencia feminista derivada de la composición del último gobierno de la nación, se hace especialmente doloroso constatar la subrepresentación femenina en los currículos educativos del bachillerato (y de la secundaria y de la primaria, por supuesto).

Resulta lamentable que desde el ámbito educativo las administraciones no se pongan las pilas para hacer aflorar la extensísima aportación de la mujer en las distintas disciplinas del saber. Considero, sin duda, que se trata de una de las asignaturas pendientes del nuevo Ministerio de Educación. Estaremos expectantes y, mientras tanto, nos buscaremos la vida para destacar la aportación de un sinfín de mujeres en el ámbito de las ciencias sociales, que es el que ocupa a un servidor. Pues eso, al lío que tenemos faena...


miércoles, 23 de mayo de 2018

Decir "No" no es suficiente

La semana pasada me ventilé "No is not enough" (Decir "No" no es suficiente), el último libro de la autora canadiense Naomi Klein. En él, Klein realiza un perfecto análisis de los factores que han favorecido el ascenso de Trump a la Casa Blanca y de los mecanismos que tenemos los ciudadanos para tratar de hacer frente a las políticas neoliberales impuestas desde gobiernos como el del multimillonario americano. Aunque bien, no solo eso...

La tesis del libro, como reza el título, va un poco más allá. Klein considera que la oposición frontal a las políticas impuestas por el sistema ultraliberal son necesarias pero no son suficientes para frenar su impacto. La autora argumenta que la simple oposición no acaba con el problema. Propone, pues, que desde la sociedad civil (también desde la esfera política) propongamos alternativas eficaces y realistas para abrir nuevas vías de desarrollo alejadas de los postulados netamente neoliberales. Pone como ejemplo, en este sentido, el "Leap Manifesto" elaborado por parte de la sociedad civil canadiense para tratar de hacer frente a los desmanes llevados a cabo en los distintos frentes social, mediambiental y económico a lo largo de los últimos años.

Leía yo a Klein y reflexionaba sobre nuestro posicionamiento como docentes ante EL SISTEMA educativo. Lo mismo me equivoco pero me temo que en nuestro día a día a menudo caemos en la crítica frontal (con mayor o menor fundamento) y nos alejamos de posicionamientos más constructivos y proactivos. Que nadie entienda esto como una defensa al sistema, ni mucho menos. Existen toda una serie de problemas estructurales que deben ser solventados lejos de nuestro ámbito de actuación profesional. No obstante, considero (coincidiendo con Klein) que la crítica por defecto (sin propuestas de actuación) no contribuye a salir de la parálisis en la que nos puede ubicar el sistema, mientras que la elaboración y el diseño de alternativas de trabajo, además de ofrecer nuevas vías de desarrollo, nos da aire para coger nuevas fuerzas y hacer frente a las imposiciones e injusticias del propio sistema. 

Así pues, hago míos los consejos de Klein para el ámbito social y, llevándolos al terreno educativo, propongo reforzar la relación entre los dististos agentes de la comunidad para ofrecer nuevos modelos de trabajo que permitan atender debidamente a nuestro alumnado en condiciones óptimas. Y es que en el fondo quizá tenemos más fuerza de la que creemos...

PD: Recomiendo totalmente la lectura del libro, aunque reconozco que soy muy fan de Klein. Por aquí tienes otra lectura (desde el punto de vista educativo) de su libro, ya clásico, La doctrina del shock


viernes, 9 de marzo de 2018

Ayer fue el Día internacional de la mujer

Hoy es 9 de marzo. Después del tsunami de manifestaciones, exposiciones, marchas, actividades, lecturas de manifiestos y eventos más o menos multitudinarios hoy volvemos al día a día, el escenario donde se decide todo. Lo digo, humildemente, para que no se nos olvide el asunto: y el tema es que la mitad de la humanidad vive en una situación de desigualdad flagrante en múltiples ámbitos. Y es que ayer uno escuchaba a políticos, empresarios, representantes sindicales y demás miembros de la sociedad civil y no entiende cómo seguimos como estamos si tan convencidos estamos todos de la necesidad de cambiar el modelo. 

Pues lo dicho, hoy es 9 de marzo. Seguro que ayer en tu centro leísteis algún manifiesto, inaugurásteis alguna exposición o celebrásteis un evento x con motivo del día internacional de la mujer. Genial. Fantástico. Pero estaría mucho mejor que hoy, 9 de marzo, y mañana y todos los días del resto del curso lo tengamos bien presente. Y es que uno se huele que el cambio va a penir picando piedra, en plan gota malaya, porque muchos (cada vez más) sabemos que falta nos hace. Recupero, pues, en este sentido, algunas  ideas planteadas en Educación para igualdad: lista de tareas pendientes para trabajar en las aulas la cuestión desde la realidad del día a día y lejos de los fuegos de artificio de los "días internacionales de", los cuales, siendo necesarios (qué duda cabe), me temo que no van a bastar para erradicar un orden y un sistema injusto y discriminatorio hacia la mujer. Pues eso, que aquí van las propuestas. Espero aportaciones, críticas y, sobre todo, que todas las reivindicaciones de ayer sirvan para que hoy y el resto de días tengamos bien presente la necesidad de trabajar en este sentido.
  1. Visibilizar el trabajo de las mujeres desde el currículum académico. Un ejemplo. El estudio de la educadora e investigadora Cécile Barbeito Observatori de llibres de text. Anàlisi de la didàctica de les ciencies socials des d'una perspectiva de pau (2017) publicado por el Institut Català Internacional per la Pau detectó que un 93% de los personajes que aparecen en los libros de texto de tercero de la ESO con nombres y apellidos son hombres. Y del porcentaje correspondiente a las mujeres, un 35% no consta por su propio papel, sino como mujer, madre o hija de un hombre. ¿Un 93%? 😖 Me temo que no estamos haciendo un tratamiento demasiado equitativo de la cuestión. Y es que el papel de las mujeres en TODAS las disciplinas académicas presentes en los currículos de turno es, me parece, superior a ese 7% que refleja el estudio en cuestión. Seguro que, en este sentido, podemos hacer mucho por sacar a la luz todo ese trabajo sepultado por el peso del "currículum masculino".  
  2. Crear líneas de trabajo conjuntas para visibilizar y atacar la cuestión de la desigualdad. Se trata de superar el esquema de trabajo individual (y a menudo invisible) en el aula para desarrollar iniciativas colectivas que profundicen en el análisis, reflexión y denuncia. Sin duda, el trabajo transversal y en red entre los miembros de la comunidad educativa va a ofrecer resultados más potentes y efectivos que las acciones individuales que podamos llevar a cabo. Así pues, no parece una mala idea bien sumarse a las propuestas desarrolladas por el resto del equipo, bien comunicar las propias iniciativas para conseguir nuevos socios que las potencien y enriquezcan.
  3. Insistir en la celebración de actividades de concienciación contra la desigualdad. Aunque, a veces, los resultados sean frustrantes y generen la sensación de batalla perdida. No son pocas las propuestas de concienciación que afrontamos desde la absoluta motivación y que acaban, si no como el rosario de la aurora, sí con comentarios, actitudes y reflexiones muy alejadas de los propósitos de la actividad (normalmente, claro, por parte del público masculino -aunque no solo). Bien, cabe seguir plantando batalla y no desistir ante la respuesta de determinados colectivos. De hecho, es precisamente esa respuesta la que debe seguir motivándonos a continuar programando y pensando nuevos modos de trabajar.
  4. Seguir formándonos como agentes de cambio contra la desigualdad. Leyendo, estudiando, atendiendo cursos y formaciones, contactando con asociaciones y/o otros centros que estén trabajando en propuestas concretas... Son muchas las vías para ampliar nuestro bagaje en términos de educación para la igualdad, si bien es cierto que son las distintas administraciones educativas quienes deberían potenciar este aspecto con formaciones prácticas  accesibles al conjunto del profesorado.
  5. Huir de los clásicos estereotipos de género (también) en el ámbito escolar. Es decir, esa visión tradicional del asunto que categoriza a las chicas como "buenas, tranquilas, ordenadas y pulidas" y a los chicos como "fuertes, rebeldes e irracionales". Y es que, aun siendo conscientes de la limitación y de la simplificación que suponen, quizá contribuimos de manera inconsciente a su perpetuación más a menudo de lo que creemos. De hecho, existen numerosos estudios que apuntan que la existencia de estos juicios escolares tiene una influencia notable en el día a día del aula en términos de qué y cómo se enseña, en cómo el profesorado se relaciona con su alumnado, en cómo se organizan los espacios escolares o en la propia concepción que tienen los docentes sobre las habilidades y disciplinas más o menos "femeninas". Esto último tiene una clara repercusión en las trayectorias formativas y profesionales de los jóvenes una vez acceden a estudios superiores. ¿Cómo se explica, de lo contrario, la reducida matrícula general de mujeres en estudios de ingeniería o de arquitectura, por ejemplo?
  6. Comprender nuestras propias autolimitaciones. Porque hemos sido educados en una sociedad con roles de género muy determinados y podemos, sin quererlo, estar contribuyendo a su reproducción. Para evitarlo, pues, debemos autoanalizarnos (sin caer en la paranoia, claro) y tratar de erradicar aquellas conductas y/o pensamientos que no se ajusten a la filosofía de educación para la igualdad que queremos promover. Para ello resulta imprescindible que reconozcamos el sistema de desigualdad imperante y los mecanismos de corrección de la misma. (Aquí volver al punto 4)
  7. Identificar la educación para la igualdad como innovación (de la buena). Porque no hay innovación más potente que aquellas acciones que contribuyen a erradicar situaciones de desigualdad entre las personas. Así pues, habrá que ubicar la cuestión en la lista de tops to-do y, en consecuencia, dedicarle el tiempo y los recursos necesarios para trabajarla en condiciones.
  8. Utilizar materiales alternativos, ajenos a prejuicios excluyentes por cuestiones de género pero también de nacionalidad, edad, religión, etc. Y es que parece claro que muchos materiales pueden pecar de responder a prejuicios y/o estereotipos no tanto por las ideas que muestran (que también) sino por los contenidos o perfiles que omiten.  Porque de todos es sabido que lo que no se nombra no existe. No parece mala idea, pues, hacer una selección de materiales que contribuya de manera efectiva a la sensibilización del alumnado.
  9. Hacer de la educación para la igualdad una cuestión del día a día, que supere el marco habitual de los Días de... para pasar a ser una cuestión estratégica en la gestión del aula y de los centros. 
  10. Atender la cuestión de la igualdad también desde el lenguaje. Y no me refiero tanto al hecho de usar la @ o la x en los plurales, o de doblar constantemente masculino y femenino, sino de tratar de no reproducir las desigualdades de género existentes mediante el uso del lenguaje. Quizá se trate, tan solo, de aplicar un poco de sentido común al asunto y ponerle atención a las palabras que nos nombran para que siempre estemos representados hombres, mujeres y los distintos colectivos que forman nuestra sociedad. A poco que nos esforcemos, creo que podemos hacerlo mucho mejor también en este sentido.
  11. Y por último, (bonus track para el sector masculino), escuchar más, hablar menos, reflexionar más sobre la cuestión y, sobre todo, pasar a la acción.

viernes, 12 de enero de 2018

El mejor docente de la galaxia es un hombre

Estos días se han repartido los galardones a los "mejores docentes de España  del 2017" (sic). La verdad es que entre los premiados aparecen algunos nombres que para un servidor son a menudo fuente de inspiración y, sobre todo, garantía de un trabajo bien hecho y de un enorme respeto por la profesión y por su comunidad educativa. A otros muchos galardonados (el uso del género masculino no es casual, luego hablamos de ello) no tengo el placer de conocerlos, aunque estoy seguro de que la gran mayoría ejercen su trabajo con una profesionalidad fuera de toda duda. En cualquier caso, las redes han ido calentitas estos días debatiendo sobre la cuestión: que si postureo por un lado, que si envidias por otro; que si los premiados casualmente suman miles de seguidores en Twitter, que si los críticos contribuyen a perpetuar un modelo de escuela inmovilista... En fin, el ruido de siempre.

Supongo que para muchos de los críticos las dudas vienen, y seguro que no digo nada nuevo, por el carácter individual del premio. La profesión docente, según la entiende un servidor, es una labor que se desarrolla en comunidad, en la que el individualismo que visibiliza este tipo de premios no debería tener demasiado sentido. Perdón por la comparación, pero pasa un poco como con los premios individuales en deportes colectivos: resulta difícil destacar cuando tu entorno no acompaña. Selecciona al mejor jugador de fútbol del mundo (Messi no cuenta, ese animal es capaz de cualquier cosa) y ponlo en un equipo mediocre. Seguro que sus prestaciones bajarán enteros, qué duda cabe. Pues a nivel educativo me temo que sucede lo mismo. Coge al mejor maestro de España, del mundo si quieres, y ponlo en un contexto educativo de máxima complejidad sin apoyos y sin los recursos necesarios... En fin, que milagros a Lourdes.

Por otro lado, hay profesionales de la educación que consideran que, como mínimo, estos premios contribuyen a visibilizar y prestigiar una profesión tan denostada en los últimos tiempos como es la docente. Pues lo mismo no les falta razón, claro. Siempre está bien reconocer el trabajo de profesores, equipos directivos, blogs, asociaciones de madres y padres y de cualquier entidad vinculada a lo educativo. El problema quizá radica en que esta visibilización se limite a contribuir a la aparición de un modelo de profe-star innovador estrechamente ligado a grandes marcas (editoriales, grupos de comunicación, grandes empresas del sector tecnológico, banca o... ¡clínicas odontológicas! 😲) y que ello arrincone el que quizá debería ser el debate central del panorama educativo: la necesidad de políticas públicas que contribuyan a reducir desigualdades y a mejorar las condiciones de trabajo de muchos profesionales de la educación. Porque unas mejores condiciones de trabajo generan, además de mejores docentes, unas mejores condiciones de aprendizaje, que al final es de lo que se trata.

Y sé de sobra, porque conozco a algunos de los premiados, que no hace falta que nadie les recuerde esto porque muchos de ellos lo viven en sus aulas y en sus centros a diario. Pero también habrá alguno que cegado por los focos o, quizás, por un entorno social y académico menos árido pierda un poco de vista lo verdaderamente importante del asunto y no aproveche estos escaparates para hacer el debido retorno a su comunidad educativa. O lo mismo no, claro, que uno a veces se pone muy enrevesado. Además, tampoco se trata de demonizar este tipo de eventos. A uno puede ser que no le interesen demasiado, pero tampoco se acaba el mundo porque un banco decidar promocionar tal o cual modelo. Quizá deberíamos estar por encima de ello. Y es que a menudo el mejor desprecio es no hacer aprecio...

Y, por último, la cuestión de género. Vamos a los números. No sé, me sorprende que entre los 50 docentes nominados solo haya 9 mujeres y que entre 15 más votados entre todas las categorías solo aparezcan 3. ¡3!  Como diría aquel: "No hase falta desir nada más". Bueno sí, que lo mismo podríamos darle una vuelta a estos de los premios y, sobre todo, que lo de la cuestión  de género no puede esperar ni un minuto más. Porque me temo que en este preciso instante ya hay algún ejecutivo del área de marketing de alguna gran multinacional o fundación pensando en crear los premios al mejor docente de la galaxia y, sabéis qué, no tengo ninguna duda del género del primer galardonado con tan magno honor.


lunes, 8 de enero de 2018

Educación para la igualdad: lista de tareas pendientes

Estos posts sobre coeducación los escribo siempre desde el más absoluto de los miedos respetos. Ya explicaba en (También) soy machista mi posición al respecto. No se trata de ponerse la venda antes de la herida, ni mucho menos, ni de fustigarse simplemente por ser un hombre, faltaría más. Eso sí, creo que desde nuestra posición debemos ser especialmente sensibles respecto un tema en el que, normalmente, el simple hecho de ser hombres nos sitúa en un punto de partida notablemente más cómodo que el de nuestras compañeras mujeres. Por no hablar, por supuesto, de otros colectivos que quedan al margen del tradicional planteamiento binario hombre-mujer.

En fin, viene todo esto a cuento por la necesidad de un servidor de ponerse manos a la obra para evitar que su trabajo en términos de coeducación quede reducido a la simple realización de actividades puntuales más o menos exitosas pero, en cualquier caso, anecdóticas. Se trata, pues, de dotarse de una especie de decálogo coeducativo interiorizado en la propia práctica profesional para contribuir, en la medida de lo posible, a la erradicación de la situaciones de discriminación tan flagrantes como las relacionadas con las cuestiones de género. Así pues, me autosugiero:
  1. Visibilizar el trabajo de las mujeres desde el currículum académico. Un ejemplo. El estudio de la educadora e investigadora Cécile Barbeito Observatori de llibres de text. Anàlisi de la didàctica de les ciencies socials des d'una perspectiva de pau (2017) publicado por el Institut Català Internacional per la Pau detectó que un 93% de los personajes que aparecen en los libros de texto de tercero de la ESO con nombres y apellidos son hombres. Y del porcentaje correspondiente a las mujeres, un 35% no consta por su propio papel, sino como mujer, madre o hija de un hombre. ¿Un 93%? 😖 Me temo que no estamos haciendo un tratamiento demasiado equitativo de la cuestión. Y es que el papel de las mujeres en TODAS las disciplinas académicas presentes en los currículos de turno es, me parece, superior a ese 7% que refleja el estudio en cuestión. Seguro que, en este sentido, podemos hacer mucho por sacar a la luz todo ese trabajo sepultado por el peso del "currículum masculino".  
  2. Crear líneas de trabajo conjuntas para visibilizar y atacar la cuestión de la desigualdad. Se trata de superar el esquema de trabajo individual (y a menudo invisible) en el aula para desarrollar iniciativas colectivas que profundicen en el análisis, reflexión y denuncia. Sin duda, el trabajo transversal y en red entre los miembros de la comunidad educativa va a ofrecer resultados más potentes y efectivos que las acciones individuales que podamos llevar a cabo. Así pues, no parece una mala idea bien sumarse a las propuestas desarrolladas por el resto del equipo, bien comunicar las propias iniciativas para conseguir nuevos socios que las potencien y enriquezcan.
  3. Insistir en la celebración de actividades de concienciación contra la desigualdad. Aunque, a veces, los resultados sean frustrantes y generen la sensación de batalla perdida. No son pocas las propuestas de concienciación que afrontamos desde la absoluta motivación y que acaban, si no como el rosario de la aurora, sí con comentarios, actitudes y reflexiones muy alejadas de los propósitos de la actividad (normalmente, claro, por parte del público masculino -aunque no solo). Bien, cabe seguir plantando batalla y no desistir ante la respuesta de determinados colectivos. De hecho, es precisamente esa respuesta la que debe seguir motivándonos a continuar programando y pensando nuevos modos de trabajar.
  4. Seguir formándonos como agentes de cambio contra la desigualdad. Leyendo, estudiando, atendiendo cursos y formaciones, contactando con asociaciones y/o otros centros que estén trabajando en propuestas concretas... Son muchas las vías para ampliar nuestro bagaje en términos de educación para la igualdad, si bien es cierto que son las distintas administraciones educativas quienes deberían potenciar este aspecto con formaciones prácticas  accesibles al conjunto del profesorado.
  5. Huir de los clásicos estereotipos de género (también) en el ámbito escolar. Es decir, esa visión tradicional del asunto que categoriza a las chicas como "buenas, tranquilas, ordenadas y pulidas" y a los chicos como "fuertes, rebeldes e irracionales". Y es que, aun siendo conscientes de la limitación y de la simplificación que suponen, quizá contribuimos de manera inconsciente a su perpetuación más a menudo de lo que creemos. De hecho, existen numerosos estudios que apuntan que la existencia de estos juicios escolares tiene una influencia notable en el día a día del aula en términos de qué y cómo se enseña, en cómo el profesorado se relaciona con su alumnado, en cómo se organizan los espacios escolares o en la propia concepción que tienen los docentes sobre las habilidades y disciplinas más o menos "femeninas". Esto último tiene una clara repercusión en las trayectorias formativas y profesionales de los jóvenes una vez acceden a estudios superiores. ¿Cómo se explica, de lo contrario, la reducida matrícula general de mujeres en estudios de ingeniería o de arquitectura, por ejemplo?
  6. Comprender nuestras propias autolimitaciones. Porque hemos sido educados en una sociedad con roles de género muy determinados y podemos, sin quererlo, estar contribuyendo a su reproducción. Para evitarlo, pues, debemos autoanalizarnos (sin caer en la paranoia, claro) y tratar de erradicar aquellas conductas y/o pensamientos que no se ajusten a la filosofía de educación para la igualdad que queremos promover. Para ello resulta imprescindible que reconozcamos el sistema de desigualdad imperante y los mecanismos de corrección de la misma. (Aquí volver al punto 4)
  7. Identificar la educación para la igualdad como innovación (de la buena). Porque no hay innovación más potente que aquellas acciones que contribuyen a erradicar situaciones de desigualdad entre las personas. Así pues, habrá que ubicar la cuestión en la lista de tops to-do y, en consecuencia, dedicarle el tiempo y los recursos necesarios para trabajarla en condiciones.
  8. Utilizar materiales alternativos, ajenos a prejuicios excluyentes por cuestiones de género pero también de nacionalidad, edad, religión, etc. Y es que parece claro que muchos materiales pueden pecar de responder a prejuicios y/o estereotipos no tanto por las ideas que muestran (que también) sino por los contenidos o perfiles que omiten.  Porque de todos es sabido que lo que no se nombra no existe. No parece mala idea, pues, hacer una selección de materiales que contribuya de manera efectiva a la sensibilización del alumnado.
  9. Hacer de la educación para la igualdad una cuestión del día a día, que supere el marco habitual de los Días de... para pasar a ser una cuestión estratégica en la gestión del aula y de los centros. 
  10. Atender la cuestión de la igualdad también desde el lenguaje. Y no me refiero tanto al hecho de usar la @ o la x en los plurales, o de doblar constantemente masculino y femenino, sino de tratar de no reproducir las desigualdades de género existentes mediante el uso del lenguaje. Quizá se trate, tan solo, de aplicar un poco de sentido común al asunto y ponerle atención a las palabras que nos nombran para que siempre estemos representados hombres, mujeres y los distintos colectivos que forman nuestra sociedad. A poco que nos esforcemos, creo que podemos hacerlo mucho mejor también en este sentido.
  11. Y por último, (bonus track para el sector masculino), escuchar más, hablar menos, reflexionar más sobre la cuestión y, sobre todo, pasar a la acción

Pues eso, me callo y al lío. 💪

martes, 25 de octubre de 2016

¿Los niños pequeños son cosa de mujeres?

Aproximadamente un año después de mi debut, la semana pasada tuve mi segunda reunión de madres y padres en el jardín de infancia (que no guardería) donde acude mi pequeño. Adjunto balance del público asistente en términos de género:
  • Profesionales de la educación presentes: 9 mujeres; 0 hombres.
  • Padres, madres y/o representantes legales de la chavalería (del grupo de mi crío): 16 mujeres, 3 hombres.
Teniendo en cuenta que el año pasado la proporción fue de 14 a 1, parece que la cosa se va animando. Es broma, claro. Recupero, pues, el artículo de Pere Solà en El diari de l'educació compartido por aquí el año pasado "¿Los niños pequeños son cosa de mujeres? La inacabable pugna por la educación", al cual añado "L'educació per a la igualtat: procés en construcció" de Ángela Mussat, también en El Diari.

No sé cómo lo verás tú, pero a mí sigue sin parecerme normal este evidente desequilibrio. Ni en lo que se refiere a la ausencia prácticamente absoluta de hombres trabajando en las etapas educativas iniciales, ni en el poco, aunque seguramente creciente, compromiso de muchos hombres para con las actividades educativas y formativas de nuestros hijos. No me parece extraño, pues, que sigamos reproduciendo según qué roles y comportamientos cuando desde el inicio del sistema enviamos el mensaje de que el cuidado de la infancia es una cosa de mujeres (casi) exclusivamente. 

Pues nada, que espero con ansias la reunión del año que viene. ¿Os imagináis que los hombres llegáramos a ser un cuarto de los asistentes?


domingo, 2 de octubre de 2016

(También) soy machista

Leo y recomiendo el artículo "Carta als homes: som masclistes però canviem-ho ja!" y, lamentablemente, me veo  reflejado en muchos de los casos descritos, los cuales se incrustan dentro de una (desagradable a)normalidad absolutamente machista y patriarcal. A menudo se usa el concepto de micromachismo para referirse a muchas de estas situaciones, aparentemente de bajo impacto, que contribuyen a ampliar la brecha de la desigualdad. Me parece que se trata de un concepto que hace más mal que bien a la lucha por la igualdad ya que, en mi opinión, reduce la importancia de gestos tan presentes en nuestro día a día. Un chiste machista entre cervezas, un exceso de efusividad "testoterónica" en una discoteca o un olvido de las implicaciones profesionales de un embarazo (supuestamente en pareja) no me parecen situaciones que puedan describirse mediante un término que empieza por el prefijo micro. No obstante, seguro que habrá especialistas en la cuestión que puedan opinar sobre esto con mucho más fundamento que un servidor.

En cualquier caso, rodeado de mujeres a las que quiero, admiro, aprecio y respeto, especialmente a Pilar, y esperando la llegada de una pequeña que va a crecer en este mundo dominado por el sexo contrario, (el de su padre y su hermano mayor, por cierto), me atrevo a preguntarme qué hacemos los hombres para derrumbar este muro de desigualdad. La respuesta es tan evidente que me la callo. Y da vergüenza escribir sobre esto porque no quisiera caer en el buenismo ni en el postureo masculino que (auto)detecto en muchos ambientes. Así que, mejor callar y ponerse manos a la obra.

Solo unas preguntas más, no me olvido que esto es un blog sobre educación: ¿Qué hacemos en los centros educativos para trabajar esta situación de desigualdad?, ¿cómo contribuimos desde el mundo de la educación, especialmente desde el lado masculino, a romper esta cadena que nos beneficia?, ¿no estaremos atacando la cuestión desde planteamientos superficiales -léase jornadas y/o proyectos puntuales, "días de la mujer" y otras actividades organizadas, nadie lo pone en duda, con toda la buena voluntad del mundo- y olvidando la importancia del gesto y de la práctica diaria?, ¿no contribuimos a olvidar y a silenciar toda una parte del currículo de nuestras especialidades, esa parte que ocupan tantas y tantas mujeres?, ¿y qué hay de los espacios de poder en los centros educativos?, ¿quién y cómo se ocupan y gestionan? No tengo respuestas. Lo que sí tengo es mucho trabajo por delante. Así que, lo dicho, a callar y a espabilar de una maldita vez.

¿Por qué no te sumas, HOMBRE?

PD: Hago mía la PD de Sergi Picazo en el artículo Carta als homes: som masclistes però canviem-ho ja!: "Sóc masclista, sí, i porto patint tot el dia per si aquest article també ho és, o per si he dit alguna cosa masclista sense adonar-me’n, o per si l’article és pur mansplaining".



lunes, 2 de noviembre de 2015

Primer post "modo padre on"

El jueves tuve mi primera reunión de madres y padres en el jardín de infancia (que no guardería) donde acude mi pequeño. Adjunto balance en términos de coeducación.

Profesionales de la educación presentes: 5 mujeres; 0 hombres.
Padres, madres y/o representantes legales de la chavalería: 14 mujeres, 1 hombre.

Estando en la reunión me acordé del artículo de Pere Solà en El diari de l'educació "¿Los niños pequeños son cosa de mujeres? La inacabable pugna por la educación". Está en catalán, pero no tendrás problema en entenderlo. Me quedo con la reflexión que cierra el artículo: ¿es normal, deseable y funcional, en el país que queremos, que de manera apabullante solo un sexo eduque a nuestra infancia? 

Pues eso.


jueves, 22 de octubre de 2015

¿Qué saben nuestros alumnos?

Recuerdo con cierto mal cuerpo las críticas vertidas sobre nuestro nivel académico por los profesores de mi facultad. Me vienen a la mente esas primeras sesiones universitarias en las que, con cierto desprecio y desdén, todo hay que decirlo, muchos de ellos se mostraban asombrados con nuestro escaso bagaje cultural y nuestras enormes lagunas de conocimientos. “¿Qué se os enseña en los institutos? o “Nosotros a vuestra edad...” eran mantras habituales que masticaban a menudo nuestros sabios maestros. Había quien nos atizaba con cierta gracia y sentido del humor, todo hay que decirlo, lo cual podía convertirse en estímulo y acicate para apretar los dientes y ponerse manos a la obra. Otros, en cambio, tenían muy poco tacto, menos empatía y la gracia en salva sea la parte.

Pues bien, me temo que muchos de los que hemos acabado ejerciendo la docencia hacemos exactamente lo mismo. Uno escucha (y seguro que pronuncia, ¡ay!) sentencias parecidas sobre nuestro alumnado. Lo poco que saben, trabajan o el escaso interés mostrado por muchos de ellos son temas habituales en los pasillos y en las salas de profesores de cualquier centro educativo. Estas críticas suelen ir acompañadas de exhortaciones a pasados gloriosos donde los estudiantes sabían muchas cosas, mostraban respeto, cuando no admiración por el profesorado, y tenían una capacidad de trabajo y de superación memorable. Efectos de la nostalgia, claro.

Sin pretender justificar determinadas situaciones, los resultados y los datos son los que son, creo que la cosa no es tan sencilla como que cualquier tiempo pasado fue mejor. En mi opinión, de hecho, no acostumbra a ser así, tampoco en el terreno de la educación. Y es que tengo la sensación que la relación de las personas con el conocimiento cambia de generación en generación, independientemente de estructuras curriculares más o menos estables. Es decir, no saben lo mismo mis alumnos que lo que sabíamos nosotros a su edad. Primero, porque habitamos aulas y sistemas educativos distintos en muchos aspectos, aunque me temo que muy parecidos en otros. Pero, sobre todo, porque crecimos en mundos y sociedades totalmente diferentes, que nos ofrecían y nos pedían habilidades y esfuerzos distintos, quizá en muchas ocasiones contrapuestos. Eso por no hablar de las diferencias individuales, por supuesto.

Parece lógico, pues, que nos sorprendamos de lo distintos que somos a ellos, especialmente cuando la brecha generacional se abre y el salto de edad se amplía. No nos engañemos, nuestros alumnos saben muchas cosas y, en mi opinión, haremos bien en darle la importancia que merece a todo ese conocimiento y a toda esa experiencia. Y es que me parece que, por muy distinta que sea de la nuestra, también tiene un inmenso valor.

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